jueves, 29 de julio de 2010

Beachwood 45789

Las limitaciones de una historia que viaja entre la música, la licencia poética del creador, una invención real y la realidad imaginada.

El experimento es leer el texto a la vez que se escucha Beachwood 45789, de las Marvelettes. El texto no es sino un e-mail enviado una mañana cualquiera desde un autobús gracias a un dispositivo portátil. Así que la imagen en mente que estamos buscando es una persona sentada en este transporte gris por dentro y verde por fuera, con el aire acondicionado poniendo su piel de carne de gallina, tecleando velozmente las palabras que irán a continuación y que no hacen más que evocar la imagen de calurosas tardes, un recuerdo en su retina que tiene los colores amarillos por protagonistas.

"Para introducir esta historia he de nombrar un par de hechos importantes para que usted, amable lector, siga con atención el relato.

Cada mañana pongo el despertador a las 8.30. A veces me despierto antes, otras dejo que suene hasta menos cuarto, en cualquier caso nunca mas allá de menos diez porque acto seguido me tomo mi tiempo para hacerme un té que dejo hacerse y enfriarse mientras me visto y correteo de un lado para otro. La cuestión que hace este dato significativo es que casi nunca consigo hacerlo todo con tiempo, o arreglarme bien con calma, o tomarme el té despacio sin llevármelo conmigo a todos los cuartos de la casa. Y esto es porque a las nueve y media pasadas salgo, digo adiós a mi madre y a mi padre si está en su oficina y voy de camino a la parada de autobús, donde sé que mi bus viene a las diez menos veinte pasadas.
La parada está al lado de casa pero yo intento siempre bajar sobre esa hora no por miedo a perder el transporte (que en este país las cosas si un caso van tarde, nunca antes). Y salgo de casa, bajos las escaleras sin desayunar propiamente porque antepongo esto al intentar arreglarme (y si mi cara es un mapa no hay nada que unas rayban wayfarer no disimulen) para poder cruzarme con él...

Sí, él sale cada mañana sobre las diez menos veinticinco, a veces pasadas, a veces antes. Sus pasos del ascensor del séptimo a la planta baja no son una ciencia exacta. Y allá que en un periodo de tiempo corto, en un espacio más limitado todavía, de su portal al mío, dejo al destino que nos encontremos para cumplir mi propósito de cruzármelo y un día de estos empezar a saludarle.

Esta mañana, como cada instante de portales que compartimos, ha habido algo que el caprichoso destino ha querido interponer. En este caso la sordera de mi padre que me hizo repetirle dos veces una cosa; algo tan tonto como eso. Si mi padre no hubiera cogido aquel resfriado en 1959 que lo dejó sordo y esa sordera no hubiera empeorado con los años me hubiera oído, yo hubiera salido de la oficina cinco segundos antes justo para poder vernos a la cara. Pero no, cuando yo salí la puerta de su portal ya estaba cerrada, lo que vi (y para nada desmerezco a estas alturas) es su espalda. Hoy con los mismos pantalones holgados grises de ayer y una camisa blanca, llevando los libros en la mano. De momento la anatomía humana no ha desarrollado caprichosamente visión en las posaderas así que mi esfuerzo de no haber desayunado por ponerme un vestido corto de cremalleras ha sido inútil, imposible un hola en esas condiciones.

Y ahora voy en el autobús con la imagen de su caminar desenfadado de tío serio y con un hambre voraz (a este paso dejaré de comer no por suspiros de amor, si no por el mal cálculo de tiempo).
La historia es igual cada mañana, varía pero acaba igual a otras horas. La suerte del día de ayer, por ejemplo, me hizo verlo tres veces, una saliendo por la tarde con pantalones cortos y la raqueta en la mochila para ir hasta la playa a jugar al tenis (cosas que presupongo) y otra regresando de tal hazaña, deduciendo que habiendo dejado la raqueta en el coche, a eso de las diez y media. En este caso yo estaba agotada tirada por cualquier rincón cercano, y si el chico consiguió verme ahí a lo lejos no distinguió mas que una sombra.

En fin, me empiezo a poner cada día mas nerviosa y esto me impacienta. Si mis portales no fueran así, si no fuera el vecindario de toda la vida, si tuviese una vida social diferente, saliese por la zona y me lo cruzase fuera de esos metros... Si... Si... Si..."


La chica llega a su parada y se baja. La canción se repite una y otra vez... I'd like to get to know you... I'd like to make you mine.

2 comentarios:

Helen dijo...

Identificación total.

Pasaré más por aquí, me gusta lo que escribes y cómo lo haces.

=)!

L. Pavon dijo...

Sé que hemos discutido alguna que otra vez sobre el origen de la creatividad y que defendemos posturas opuestas, pero siempre que leo tus ficciones no puedo dejar de verlas llenas de tus realidades.
(no es una crítica, es un cumplido. Como dicen en Belleza Robada "el verdadero artista sólo se pinta a sí mismo")